Las postales de las Islas Baleares describen parajes naturales de ensueño, cuerpos humanos esculturales y ropa blanca. Pero, ¿qué hay de los pueblos? Pues existen y se erigen como partícipes  también de esta explosción de colores y contrastes naturales. Y ojo, muchos de ellos pueden justificar por sí mismos el viaje.

Desde CasaToc viajamos a los pueblos más bonitos de Baleares.

 

Sóller, Mallorca

El corazón de la sierra de Tramuntana se recorre en tranvía. Este es el símbolo reconocible de un pueblo majestuoso; con monumentos más propios de grandes capitales como su modernista Banco de Söller, la fachada de Can Prunera, las posadas señoriales o, sencillamente, la soberada calle Gran Vía. Y luego está esa sempiterna, instagramera y viejuna presencia del ferrocarril, ya sea como tranvía o como tren, marcando las pautas rutinarias de la ciudad y ayudando a recorrer mejor un paisaje tan abrupto. Sóller es, simple y llanamente, un viaje novecentista sobre raíles por un pueblo que desafía a las bellezas naturales que lo rodea.

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Deià, Mallorca

La serie «pueblso que se levantan sobre una colina» también tiene su representante en Mallorca. Aquí el azul turquesa del Mediterráneo no manda ni ordena. Aquí lo que gonierna es el contraste de la sierra con las construcciones cálidas y anárquicas coronadas por la torre de la Iglesia de San Juan. Deià es, sobre todo, tranquilidad y aire limpio, lo que le acabó convirtiendo en un imán para artistas y escritores como Robert Graves y William Walder, fundador de su museo arqueológico. Como suele ser habitual, lo que fue en su día un imán para creadores es hoy un imán para el turismo, como si la inspiración y el alboroto tuvieran patria y se pudieran contagiar.

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Dalt Vila de Ibiza

Hagamos una pequeña excepción para incluir en este top 10 un barrio como adalid de la belleza urbana en Ibiza. Como representante definitivo de la otra Ibiza: la diurna, la no-fiestera, la cultural. La parte antigua de la capital ibicenca actúa como un pueblo independiente que reniega un poco del rívolo puerto. La Dalt Vila está bien delimitada por unas murallas renacentistas que filtran el mal gusto para acoger dentro callejuelas estrechas y casas blancas entre las cuales sorprenden edificios como la catedral o el palacio Episcopal.

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Pollensa, Mallorca

El norte de Mallorca guarda este precioso enclave ideal para todo aquel al que le guste caminar por calles empedradas con regusto medieval. Es difícil apartar la mirada de la exuberante naturaleza que rodea a Pollensa, pero cuando se logra, ésta se convierte en un paseo por la historia de la isla con monumentos como el puente romano (nombrado así popularmente, aunque su origen se desconoce), su Plaza Mayor, el Oratorio de San Jordi o la fotogénica fuente del Gall en la Plaza de l’Almoina. La vida cultural de este municipio palpita en el Convento de Santo Domindo, sede del museo municipal y escenario para su famoso festival de música.

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Fornells, Menorca

Fornells es el paradigma del pueblo menorquín con sus pegotes blancos con fachadas irregualres que hacen que las calles se conviertan en monumentos. Todo al amparo del castillo de San Antonio (hoy en ruinas), levantado para la defensa de la isla y que es el origen del actual núcleo urbano. El vestigio militar más destacdo y atractivo de este punto estratégico de la isla la Torre de Fornells, una peculiar construcción troncocónica levantada por los ingleses hace ya un par de siglos y que hoy tiene un efecto contrario: no ahuyenta al extranjero, sino que le atrae por su singularidad y sus vistas.

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San Francisco Javier, Formentera

Llegar a Formentera y explorar los encantadore rincones de su capital es algo maravilloso. Antes de ir a embadurnarse con los lodos medicinales de sus playas y a someterse al shock narcótico de su omnipresente color blanco, merece la pena perderse por el mercadillo eterno de sus calles y disfrutar de monumentos como esa mole llamada Iglesia de San Francisco o de los molinos de San Miranda.

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Fornalutx, Mallorca

La razón para dejar a un lado el chiringuito y llegar hasta aquí es sencilla: es un pueblo coqueto. Y como tal, lo define un casco histórico chapado en piedra, con empinadas calles en escalera adornadas con flores y arbustos. Como punto distintivo, está esa manía de pintar las tejas con dibujos coloridos que hace que mirar arriba tenga una sorpresa agradable. El toque monumental se lo da su Casa de la Villa, con su imponente torre de defensa, y la ecléctica iglesia parroquial.

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Valldemossa, Mallorca

Como si fuera una aparición, Valldemossa se yergue en mitad de un valle sin demasiada osadía. Es por ello que sus calles son humildes pero alegres, llenas de encanto rural, buen rollo y suelos adoquinados. No obstante, hasta aquí se llega para conocer su famosísima cartuja, lugar de residencia temporal de grandes artistas y escritores como Unamuno, Rubén Darío, Borges y el más mediático: Chopin. ¿Las consecuencias? Mucha mitomanía y que a su alrededor las casas se hayan poblado con otros artistas actuales haciendo de una visita sencilla a un pueblo todo un descubrimiento donde no faltan ni los pequeños estudios ni las tiendas de artesanía. Aquí las compras merecen la pena, aunque sea por el mero hecho de rechazar el plástico de los regalos de la costa.

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Binibeca Vell, Menorca

¿Puede un pueblo levantado hace 50 años convertirse en toda una atracción turística? Pues aquí está el ejemplo de que sí. Y tiene más mérito si cabe porque no se hizo bajo unos cánones de artificio y megalomanía, sino que se hizo imitando las casas de los antiguos pescadores a orillas del mar. Lejos de convertirse en un lugar masivo y accesible, las callejuelas de Binibeca Vell son estrechas y enrevesadas y logran crear una atmósfera de autenticidad bastante auténtica.

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Sant Carles de Peralta, Ibiza

Los hippies, además de tener un modo de vida que todos, alguna vez, hemos querido adoptar, también suelen tener buen gusto para elegir «sus» pueblos. La Ibiza que enamoró en los sesenta a los miembros de esta corriente sigue palpitante en este pueblo de casas blancas y coloridos habitantes. Antes de ir al masificado y palpitante mercadillos de las Dalias, merece la pena respirar la tranquilidad de las calles que orbitan alrededor de su hermosa iglesia y asomarse a lugares tan míticos para la población como Can n’anneta, uno de esos bares que han sobrevivido a la borágine del mojito y el cocktail para guiris y que aún sirve su famosísimo licor de hierbas ibicenco.

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